Mi casa está donde está mi gimnasio, mi mejor amigo, mi brújula, el que nunca me falla.
Psicólogo y termómetro, no hay excusas, el lunes me mide los sábados y mi capacidad de asimilar derrotas me levanta los párpados con hambre de ser más y mejor.
Un espejo en donde la voluntad se refleja pueril y la actitud se convierte en cirujano.
Un centro en donde se ingresa a enmendar las taras y los cuerpos de ocasión.
Una lista interminable de bisturíes en donde voy conformando mi carácter, las decisiones que no tomé, los actos que debí y no ejecuté, la ira que no puede retener, los amores que no quise contener.
Es el espacio en donde la calidad del tiempo empieza despacio en donde la vida comienza a terminar.
Un médico plausible a mis excesos que desespera en su sala de espera a despedirse en su funeral.
La universidad sin libros, pues cada uno con su ritual, en donde se generan, autómatas, sin necesidad de maestros auténticos premios para la humanidad.
No hay corrupción, no hay burgueses, ni posibilidad de vivir de intereses.
Un público agradecido que aplaude y me levita sin cuestionar mi extremismo, que no era lo mismo la calle y mi anarquismo que lo que hago aquí por mí mismo, me dicen.
Es la luz, una nueva oportunidad en cada temporada, crecer como multidisciplinar, abandonar el confort si lejos quiero llegar.
Un saco en donde mi música y yo golpeamos con más fuerza que el extinto dinosaurio del rock español.
Los hábitos de los amores propios por un amor mancomunado.
El selfie de quien ha encontrado a su media autoestima y el reportaje de quien se sobrestima.
Lo que queda, lo que queda es lo ordinario que anida en el diario de cada gimnasio.
La mujer y el hombre despechados recién desatados que vienen a cargar y a migrar.
El joven apuesto que lo apuesta todo a una carta y se queda sin puesto.
El corrillo de jubilados del capital en acústico, de andares impares, dimitidos de industrias, que se ríen del tiempo como lo hacía Camarón, aguardan deshojando sus últimos sábados a las puertas del Spa.
Las muchachas que quieren hacerse con unos glúteos líricos para despegar.
Los muchachos educados para volar a la primera falda terminan haciendo coreografías de señaleros, en la pista de aterrizar.
Y por último estoy yo, que he sido todos y cada uno de los anteriores solo que los sábados entreno, aunque tenga que ir a recoger al hijoputa de mi cuerpo al Spa.