Ella se fijaba constantemente en el tejido de mis trajes cada vez que me veía salir al tablao a cantar y, yo, me moría por entender aquello que latía tras su piel.
En su rostro se encarnaba una sonrisa brillante y unos ojos que necesitaban a quejíos los mios y, cada noche, en cada actuación les favorecían a todos menos a mí.
Paseaba radiante de plenitud por todas las inmediaciones del recinto sus sentidos y, ni siquiera era capaz de guardar silencio y escuchar a lo que hacía sentir.
Un ángel de enloquecer que venía a verme, y yo hubiese cambiado mi voz por el derecho a amanecer a su lado.
Quise quererla cantando desde mi silla de mimbre y madera y, quiero creer por todo que no me veía, que el flamenco no le dijese lo que yo la quería a morir, que no sintiese tras mi muerte, que mis fandangos nacieron de su sentir.