CRUCES

PACO TORONJO

Ella se fijaba constantemente en el tejido de mis trajes cada vez que me veía salir al tablao a cantar y, yo, me moría por entender aquello que latía tras su piel.

En su rostro se encarnaba una sonrisa brillante y unos ojos que necesitaban a quejíos los mios y, cada noche, en cada actuación les favorecían a todos menos a mí.

Paseaba radiante de plenitud por todas las inmediaciones del recinto sus sentidos y, ni siquiera era capaz de guardar silencio y escuchar a lo que hacía sentir.

Un ángel de enloquecer que venía a verme, y yo hubiese cambiado mi voz por el derecho a amanecer a su lado.

Quise quererla cantando desde mi silla de mimbre y madera y, quiero creer por todo que no me veía, que el flamenco no le dijese lo que yo la quería a morir, que no sintiese tras mi muerte, que mis fandangos nacieron de su sentir.

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